NADIE HABLARÁ DE NOSOTROS CUANDO HAYAMOS MUERTO..., PERO SÍ DE
ELLA.
Josefina Aguilera, profesora de Lengua castellana y Literatura del IES José Saramago (Arganda del
Rey, Madrid)
En un mundo en el que todo tiene precio, resulta
sorprendente que exista educación pública para
todos. Pues sí, existe y, aunque parece que, en
los tiempos que corren, puede ser una utopía
querer que siga existiendo, en este país somos
muchos los que así la queremos.
Mi madre siempre se quejaba de los gastos que
suponía, a pesar de su gratuidad, el mandar a la
escuela a cuatro muchachos. Y lo era porque
éramos una familia de seis miembros, de lo más
humilde (de las muchas que existían en España
entonces). Pues bien, ¿qué hubiera sido de esa
madre si le hubiera tocado vivir este momento?
¿Qué pasa ahora con esas madres y padres que se
enteran de que sus hijos no van a recibir la
compensación educativa que esperaban? No pasa
nada. Esto que ahora se hace, se llama
“reorganización de los fondos públicos” y esa
madre no tiene que temer que su hijo no logre
alcanzar los objetivos mínimos; tan solo tendrá
que esperar que el “niño bien” de turno crezca y
se convierta en “nada menos que todo un
hombre”, para que le contrate y le pague 900
euros por una jornada interminable de trabajo. Y
es que esa reorganización de los fondos públicos,
irá a parar ahí: a engrosar la cuenta bancaria de
unos cuantos privilegiados que deciden
libremente pagar por la educación de sus hijos.
No obstante, mi madre persistía en su idea de
mandarnos a estudiar al colegio público. Y esa
idea no cabe en la mente de quienes quieren
acabar con este sistema público, porque gracias a
él hoy puedo sentarme aquí y contar lo que
pienso, igual que lo puede hacer cualquier hijo
de familia pudiente.
He aquí el quid de la cuestión: la finalidad de
todos estos recortes va enfocada a subrayar cada
vez más las diferencias sociales que existen entre
las personas y que, gracias a la educación
pública, pueden atenuarse.
Cuando surgió toda esta polémica, se echó
tierra sobre la imagen del profesor.
Básicamente, se nos tachó de vagos. Y yo me
pregunto, ¿cuántas horas hacen falta para
sacar adelante programas (alumnos
ayudantes, mediación, educar en positivo,
etc.) que ayudan a mejorar la convivencia en
los centros? ¿Alguien puede devolverles esas
horas a esos compañeros que, de verdad, lo
sienten y las utilizan para ello en lugar de
invertirlas en otras actividades? Un profesor
no deja de serlo cuando abandona el aula, ni
el centro. Un profesor lo es siempre. Porque
todo lo que nos rodea puede servir para que
los chavales aprendan mejor y a largo plazo,
siendo así mejores personas.
Un periodo lectivo puede suponer en la vida
de un profesor algo más de una tarde. ¿Somos
vagos por disponer de tiempo por la tarde
para preparar el día siguiente?¿Por qué se
empeñan en igualar a la sociedad siempre por
abajo? ¿Nadie va a ser capaz de acabar con
los privilegios de unos pocos que son dueños
de mucho? ¿Es ilícito salvaguardar nuestras
condiciones de trabajo, después de haber
invertido cinco años en licenciarnos y
después de haber superado un concursooposición?
De todas formas, nadie hablará de nosotros
cuando esto acabe, cuando ya no seamos
noticia, cuando hayamos muerto; pero sí se
hablará de ella, de la educación pública
porque seguirá viva en todos los centros
educativos, porque se sentirá latente día a día
en nuestro quehacer diario, en la mirada
agradecida de los alumnos, en el rostro
aliviado de unos padres que le confían el
mejor tesoro que tienen y, también estará viva
como legado que cada uno de nosotros
dejaremos en nuestros hijos. Y lo dice una
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